No hace falta hablar para decirlo todo, no es necesario callar para no decir nada. No sólo existe un camino para comunicarnos.
Hay miradas que hablan por sí solas, que consiguen arrugar el alma en cuestión de segundos. Necesitamos mirarnos más a los ojos, hablar sin decir nada o decírnoslo todo sin miedo, sin pronunciar palabra, cara a cara, a milímetros de distancia.
Necesitamos tocarnos, sin hacer ruido, en silencio. La paz que no habla pero que aun así no es muda, poderosa dueña y testigo de lo nunca visto, de lo nunca dicho. Necesitamos tocarnos como si de electricidad se tratase, transportándola de un cuerpo a otro, creando un circuito infinito de energía que hable por sí solo.
Que con las palabras exactas también pueden follarnos o partirnos en dos, pero que hay más formas de hablar sin abrir la boca. Porque un beso en el cuello significa “guerra”, un mordisco en el labio “quiero más”, un beso lento es un “te quiero” de los míos y quién se enreda en tu cabello es porque ahí consigue paz. Un abrazo es un “quiero que te quedes” y si te busca es porque quiere que la/le encuentres.
Existen más idiomas que las palabras y hacen falta. A veces, ni mil palabras pueden explicar con tanta exactitud lo que el silencio, un beso, una caricia o una mirada expresan con tan sólo producirse.
Es triste ver cómo cada vez nos entendemos menos porque nos alejamos más. Estrechemos distancias, mirémonos a la cara, con franqueza, sin miedo; expresémonos con palabras, besos y miradas de complicidad; observemos lo que nos rodea y retomemos el verdadero idioma universal.





