Ninguna noche es igual

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Ayer fue una noche maravillosa. Cuando creces te das cuenta que la mama tenía razón. Salí con mis amigas y un par de peñita nueva a un bar, a beber cerveza y comer como cerdos. Hoy os cuento que fue una de las mejores noches de mi vida. Hubo de todo, pero sobre todo, risas.

Reír es un complemento de la gasolina que mueve mi motor. Parezco una loca y monto un escándalo de la ostia pero es que me siento plena tío, me puto recargo de energía flipante, brillo por dentro, por fuera y siento la felicidad en primera persona. Es la mejor sensación que conozco y lo mejor es que puedes contagiarla, transmitírsela a quién sea, aunque sea un puñetero desconocido, y crear algo increíblemente bello.

Entre risas, buena gente, cerveza, barra libre de comida y un ambiente cojonudo, nos percatamos de algo. Un extraño solitario, rondándonos, haciendo pausas para mirarnos fijamente, observándonos como si fuera un loco. Evidentemente, nos saltó la alarma. Planteamos varias hipótesis entre las que se barajaba que pudiera ser un poli secreta, un vampiro (jurao que tenía cara de chupa sangre), un pesado acosador o sin filtros, un puto psicópata. El tío daba “yuyu”, hay que decirlo, su actitud era la de alguien “peculiar”, vamos a dejarlo ahí.

El caso es que el pimpollo no paraba, era como un grano en el culo, y eso provocó que la curiosidad me invadiera. No entendía una mierda y quería comprenderlo, era incómodo “no me jodas, tiene que haber una explicación coño, no es normal tía, voy a decirle que qué cojones le pasa” – le dije a una amiga. Me estaba frustrando asique dicho y hecho. Así lo sentí y así lo hice. Pensé que fuera lo que fuese, quería descubrir qué pasaba con ese tipo y que antes de no dar ninguna oportunidad no es objetivo juzgar, aunque todos pequemos de ello.

Se acercó y le solté la bomba. Ahí empezó todo. Al final el tío resultó simpático y todo. Era italiano, se llama Matía y pues estaba frustrado el hombre porque le habían dado plantón, pobre. Entre que su padre se estaba apagando, su suerte en el amor era nula y que vivía teniendo en cuenta las mierdas de opiniones del resto, no daba abasto. Vamos que me contó toda su vida. También me pidió perdón, así como unas  15 veces, por su actitud hacia nosotros. Le dije que no podía ir por ahí queriéndose relacionar y comunicar con otros mirándolos como si fuera el puto conde Drácula sediento de sed, no me jodas Matía. Así no. Le escuché, le di un par de consejos y finito.

Me dio una lección, sólo buscaba hablar y conocer a gente, no sentirse sólo y transformar su frustración en alegría. Fácil y sencillo. “Os he visto un grupo guapo, riendo y compartiendo un buen momento y por eso os miraba” – me dijo.  Sí, le fallaba la técnica al tío pero sólo añoraba tener lo que nosotros estábamos compartiendo. A veces mola salirse de la rutina de ir por ahí etiquetando a la gente, al final es verdad eso de que nadie conoce la cruz que lleva uno a la espalda. Parezca lo que parezca, puede no ser lo que parece. Es inevitable, pero yo que sé, podemos luchar contra ello ¿no?